Los cuerpos de los niños
El 6 de enero pasado, en librería Ulises de Lastarria, varios nos encontramos para conversar en torno al texto Agua Fresca en Los Espejos, abuso sexual infantil y resiliencia (2007). Al igual que el libro y su motivación original, este encuentro ofreció un espacio para hablar de temas que nos cuestan; historias difíciles que, al ser recibidas por un prójimo atento y cálido (o muchos de ellos), se convierten en promesa de nuevos destinos. Marco Silva y Andrea Maturana -gracias infinitas- nos regalaron la certeza de que comprometernos con narrativas sobre vidas reales, nos humaniza y nos mueve a convertirnos en mejores hombres, mujeres y sociedades.
Recuerdo a la poeta Wistawa Szymborska diciendo: el abismo no nos divide, sino que nos rodea. Puede tomarse como una advertencia lúcida en relación al abuso sexual infantil, pero también como un llamado a constatar que no hay tanta soledad ni distancia y que, aun dentro del perímetro de lo abisal, estamos juntos y somos responsables -quiénes mejores que nosotros mismos- de contenernos y cuidarnos unos a otros. Así lo hicimos aquel día.
Conversamos sobre el derecho a la niñez; sobre ángeles visitando infiernos; sobre qué significa ser madres y padres de hijos e hijas que han vivido una experiencia de abuso; sobre las carencias y esfuerzos de prevención y tratamiento en nuestro país; sobre la necesidad de abordar el problema de forma más integral -contemplando la reparación de adultos, creación de grupos de apoyo para víctimas y sus familias, y también la rehabilitación de abusadores- y el imperativo de examinar actitudes que, a nivel individual, social y/o medático, refuerzan el descuido, la descalificación, el abandono del otro, la ceguera o pobreza para mirar a nuestros niños y niñas como es preciso verlos.
Me quedé pensando, gracias a aportes como los de Daisy Rosenberg, psicóloga, en los cuerpos de los niños; la parte de ellos que, incluso de grandes, todavía nos habita. Miro a mi hija, intacta su piel, confiada su biología en alegres exploraciones y desplazamientos, y agradezco que vaya conociendo bien los límites entre su cuerpo y el mundo: con su frío y su calor, flores tersas y otras que clavan, bordes de mesas y una astilla que se nos escapó pese a todas nuestras precauciones.
Del cuerpo al mundo y a los otros cuerpos. Por mucho tiempo, cuerpos más grandes que sólo por la diferencia en tamaños deberían extremar su delicadeza y cuidados para con los más pequeños y frágiles (impensable el abuso de unos sobre otros). En primera línea, los cuerpos de los padres. Nosotros que abrigamos, nutrimos, llevamos en brazos a nuestra hija, con ternura y respeto, contándole lo que hacemos o vamos a hacer, como aprendimos de su pediatra hindú en Atlanta. Un doctor que pide permiso y da las gracias a cada niño por lo que debe hacer a sus cuerpos pequeños durante la consulta: poner el estetoscopio, sacar un calcetín, revisar los oídos o doblar las rodillas. La primera vez de asistir a una sesión con este médico me saltaron las lágrimas ante su reverencia con mi niña, y conmigo también, en niveles que él jamas habría imaginado. Marco me lo recordó.
Reflexiono sobre cuántas veces agradecemos explícitamente a nuestros hijos por permitirnos acceso y cercanía física: cada vez que nos dejan mudarlos, ponerles un termómetro, bañarlos, vestirlos de pijama para dormir, comerlos a besos. ¿Cuántos mensajes sobre el respeto debido a sus cuerpos entregamos de modo cotidiano? Son interrogantes que es bueno plantearnos y que no debería angustiarnos responder. Todo lo contrario: que sea una alegría, porque a partir del momento en que nos las hacemos, sólo por esa apertura, algo cambia en nosotros.
¿Quieres más? ¿Te gusta? ¿Es rico? Las palabras y gestos que nuestros niños nos entregan, nos permiten saber de un modo apacible y exacto si están saciados o tienen calor, si les acomoda un juego o están cansados, si gozan de un postre o un cariño. Pedestres como puedan parecer los límites mínimos -menos leche, más agüita, menos luz, más abrazos, más cuentos-, la vida es pródiga al permitir que los usemos como una plataforma desde donde descubrir gustos y preferencias (cada vez más complejas y completas conforme crecemos) y, a partir de ellas, sensaciones cada vez más precisas de agrado y desagrado, de bienestar y malestar, de placer y displacer.
Practicar los si-no, los quiero-no quiero, me gusta-no me gusta, además de ser ocasiones maravillosas para conocer a nuestros niños/as y jugar con ellos/as, les permite definir sus cotas (esenciales para el autocuidado y el sentido ético, también) y establecer un espacio, muy íntimo, desde donde habrán de individuarse, diferenciarse y relacionarse con otras personas, en toda esfera, a toda edad.
Cuando a un niño se le permite expresar un límite -no besar a ciertas personas, no caminar más dentro de un centro comercial, comer la mitad del plato-, en esa oportunidad hay futuro: un mañana donde desplegar mayor autocuidado y un más sabio albedrío frente a situaciones triviales o potencialmente riesgosas para la integridad de ese niño convertido en joven o adulto.
Cuando da igual, en el espacio doméstico, si palabras, objetos o formas de tocarse exceden lo que es comprensible por los más chicos -desde una escultura de alto contenido erótico, sonidos de los papás desde el dormitorio o una sobremesa cargada de chistes sexualmente sugerentes o explícitos- es posible que nuestros hijos/as no sean capaces de realizar, más tarde, discernimientos significativos en relación a su propia corporalidad o la del otro (y el respeto debido a ambas). En el hogar y fuera de él, en colegios, vecindades, casas de amiguitos, querríamos que nuestros pequeños estuvieran preparados para distinguir intercambios físicos y alusiones a lo corporal con valor positivo, de aquellas que trastocan el sentido de afectos y amabilidades, cayendo dentro de esa zona donde habitan lo confuso y lo perverso. Como el abuso.
Publicidad hipersexualizada en general, quinceañeras (niñas aún) vestidas y maquilladas como mujeres grandes para desfiles o revistas, preescolares bailando reguetón semivestidos… ¿Qué nos está pasando? Podemos advertir a nuestros niños del peligro de probar insecticidas y detergentes, o de creerse superhéroes y lanzarse edificio abajo. Pero no prevenimos de igual modo que se vistan de vedette o sean fotografiados desnudos y subidas sus fotos a internet, donde no sólo serán vistas por familiares. Sin ir más lejos, pensaba sobre la muestra de Nicolás Wormull en Estación Mapocho y la polémica en torno a las denuncias de dos extranjeras -a nuestro Senado y a organismos internacionales- porque algunas fotografías de sus hijos, según ellas, lindaban con la pornografía infantil.
Las fotografías de Wormull pueden ser del todo bienintencionadas, ingenuas y hogareñas, como para que sus hijos recuerden viejos tiempos y rían en familia -o en pareja- el día de mañana. Pero la confusión entre lo que puede pertenecer al espacio familiar y al espacio público, me pone alerta. Una cosa es fotografiar a los peques cuando se desvisten y hacen travesuras o caen dormidos en cualquier rincón, y otra muy diferente es compartir las imágenes de esos cuerpos -que no eligieron ser exhibidos en una muestra- a nivel masivo. Algo no me cuadra y puede que peque de exagerada, pero después de tanta experiencia y tanto niño herido debido a omisiones que parecían menores en su momento, prefiero el exceso de cuidado a la escasez de éste.
Ignoro si el alma habita los cuerpos, o si es al revés, pero es inútil mi pregunta parada frente a la integridad que somos y la que deseamos para nuestros niños. Yo sueño que pasen de semillita de humano a ser hombres y mujeres que puedan elegir entregarse desde lo corporal, sin perder nada de sí: en el abrazo más contenedor y amistoso, o en la ingravidez sagrada del instinto vuelto amor, del deseo transfigurado en intimidad. Cuando sea el tiempo propicio. Cuando sus cuerpos sean grandes.